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Collage digital: Carolina Cox (@carocox_)













                                    Responsabilidad,


                            exigencias y desarrollo



                                              Por Antonieta Soto Trombert

        No es fácil hablar del rol de la mujer en un par de líneas, porque es un hecho que cumplimos con demasiadas responsabilidades en
        nuestra vida. El mundo moderno espera mucho de nosotras. Las exigencias son altas y, aunque no sé si esta presión se ha agudizado
        en la última década, no recuerdo haber sentido la misma carga cuando mis hijos eran pequeños.
        Lo cierto es que hoy, al observar a las madres, trabajadoras, parejas, hijas y hermanas, siento que deben estar presentes y atentas a
        muchos frentes. Su carga mental es tremenda y, a pesar de eso, cumplen a cabalidad con lo que la sociedad espera de ellas.
        Ahora bien, surge la pregunta: ¿fue la sociedad la que impuso que nosotras fuéramos parejas amorosas, madres presentes,
        profesionales eficientes, hijas preocupadas, amigas fieles y hermanas cariñosas? ¿Y, además de eso, que seamos saludables,
        podamos engendrar hijos, nos veamos eternamente jóvenes y cumplamos con cánones de belleza que, en muchos casos, no
        pertenecen a la genética chilena?
        A veces pienso que nosotras mismas nos hemos autoimpuesto estas expectativas en nuestras vidas y que hemos heredado esta
        carga a lo largo de generaciones. Lo cierto es que hoy somos miles las que trabajamos y mantenemos un hogar y una familia. Aunque
        sé que algunas de nosotras contamos con una red de apoyo importante, es innegable que, al finalizar el día, cansadas, nos sentimos
        plenas, activas, vigentes y felices de cumplir con nuestros roles y ser un ejemplo para muchos que nos observan.
        Quiero contextualizar un poco nuestra presencia en Ñuble, donde, según el último censo, somos 18.500 mujeres más que hombres.
        Muchas vivimos en la zona rural, donde enfrentamos desafíos distintos, no peores ni mejores, pero sí diferentes, debido a la lejanía
        y la falta de servicios básicos que faciliten la vida. Las mujeres de la ciudad tienen todo más a mano, pero viven con mayor estrés,
        quizás porque la tierra y la naturaleza tienen un efecto calmante en nosotras. Al menos así lo expresaba Violeta Parra en su canción
        “La Jardinera”.
        Es interesante destacar que las mujeres en Ñuble vivimos, en promedio, casi seis años más que los hombres y nuestra tasa de
        fecundidad está por debajo de lo esperado: 1,26, mientras que, para mantener una población en niveles estables, se requiere de 2,1.
        Esto se debe a que nuestro rol de madre ha tenido que compartirse con otras funciones, y está bien que así sea; no estamos en esta
        vida solo para criar.
        Sé que todas tenemos entornos diferentes y hablo desde mi experiencia personal. Sin embargo, es crucial reconocer que, a pesar
        de los desafíos, las mujeres de Ñuble estamos marcando una huella importante en nuestra comunidad, demostrando que somos
        capaces de equilibrar nuestras múltiples responsabilidades y seguir soñando con un futuro mejor.


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